La divafalsa no tiene ni una bicicleta, pero camina como si poseyera tres limusinas y dos jets. Tú la has visto por doquier. Ella es más postiza que las uñas acrílicas. Irónicamente, su afán por proyectar la imagen de una diva la ha llevado a la quiebra. Esto evidencia el impacto que el dinero ejerce en la vida gay.
Tras salir del closet, la divafalsa empezó a obsesionarse por deslumbrar. Le pica el chiquito no solo por ser notada, sino admirada tras una vida de represión. Quiere contonearse por los sitios gais, sentirse regia y dejar a todos boquiabiertos. Ni una revolcada en el baño de la discoteca la pondría más contenta.
Sus delirios de grandeza incrementan sobre ruedas. El carro es su mayor fetiche, aunque le toque pagarlo en noventa y seis cuotas. La divafalsa considera el tener automóvil como el máximo indicador de atractivo y superioridad. Así podrá mirar por encima del hombro a la manada de gais que anda a pié. Venerala mientras alardea su estatus sobre el asfalto.
También debes reverenciar a la divafalsa cuando exhibe las marcas más costosas. En la primera cita, ella presume su ropa, accesorios y perfume de diseñador. Su olor a prostituta medieval te asalta antes de escuchar sus tacones de suela roja. Pero el exhibicionismo no acaba ahí. Al sentarse, le urge sacar su último iPhone y deslizar la pantalla con supuesto glamour.
¿Qué pasa si un pretendiente no tiene lujos? El ambiente gay está colmado de jóvenes desheredados por sus familias homófobas. Muchos acaban de perder su trabajo y a otros apenas les alcanza el sueldo para sobrevivir. ¿Se fijaría la divafalsa en la bella personalidad de su pretendiente, en su inteligencia o emprendimiento? La muy hipócrita, por supuesto, diría que sí.
En realidad, la divafalsa trata a los pobretones como si fueran una suscripción gratuita de siete días. Los exprime al máximo para pasar el rato, pero los cancela en cuanto intuye que podrían pedirle un compromiso real. Si se topa con alguno, lo ignorará para que su séquito no la relacione con ese mugroso de ropita montañera.
Un séquito tan falso como ella.
En cambio, sus verdaderos amigos se quedan en casa. Nunca los invita a salir porque no tienen plata para la rumba. Nunca los patrocina. Prefiere malgastar su sobregiro en apariencias para atraer a un ricachón en lugar de valorar la verdadera amistad. Pero él la usará y abandonará a su suerte por una sencilla razón. La adivinaste: ¡Pobreza!
Ahí es cuando el síndrome telenovelero alimenta y desborda los delirios de grandeza que consumen a la divafalsa. En su mente rueda una trama ridícula: se siente Marimar y sueña con volver transformada en Bella Aldama. Está sedienta por cobrar venganza contra cada Santibañez, sobre todo contra aquel parrandero berrinchudo que jamás le hizo caso. ¿Pero sabes qué? No sucederá.
En conclusión, la divafalsa vive atrapada en un espejismo de apariencias, sacrificando el afecto real por un estatus de cartón. Ninguna etiqueta de diseñador podrá ocultar la quiebra de su propia realidad. Todo el mundo, millonario o no, sabe que ella es una arribista. Al fin y al cabo, la verdadera riqueza del alma no se puede financiar a cuotas.