El bicurioso gótico: Magia, alcohol y otros errores
El bicurioso gótico

El bicurioso gótico: Magia, alcohol y otros errores

Debía pesar sobre mí alguna maldición kármica que incitaba a los heterosexuales a experimentar conmigo. Me acechaban en cantinas, fiestas y dondequiera que sirvieran alcohol. Quizás mechoneé a alguna bruja borracha en otra vida y ahora pagaba la condena. Pero pronto descubriría que la única forma de romper el maleficio era dejar que el deseo sobreviviera solo a la sobriedad.

Una noche, Damián llegó al cumpleaños de nuestro conocido como una visión enviada a tentar mis deseos. Era un rockero de cabello negro, complexión esbelta y mirada misteriosa. A juzgar por su vestimenta, acababa de escapar de un concierto de Black Sabbath. Él lucía muy varonil, a diferencia de esas pasivas góticas que amenazaban al mundo con sus poderes anales.

«¿Heterosexual?», me pregunté.

Era poco probable, ya que el cumpleañero era una arpía apodada Narcissa. Ni los gays la soportabamos, mucho menos los heterosexuales. Solo cuatro invitados asistimos a su fiesta. Nos mandó a sentar en círculo como si ella fuera la punta más importante del pentagrama. Continuamente, me interrumpía con manoteos para que la conversación volviera a girar en torno a ella.

Un fuego infernal me quemaba por dentro. Me dieron ganas de tirarle un trago encima e incendiarla, pero afortunadamente no tenía uno a la mano. Ganarme el odio de una bruja más era lo último que me faltaba. Así que me mordí la lengua, la dejé parloteando con los otros dos y giré toda mi artillería hacia Damián.

Él sospechosamente se había sentado pegadito a mí. Me confesó con un aire de melancolía que lo acababan de despedir como archivista. Sensible como soy, me encargué personalmente de «subirle la moral» con unos roces estratégicos mientras me mostraba sus videos musicales. Él cantaba como todo un dios del rock.

¿O un demonio quizás?

Por supuesto, todavía no tenía pruebas de que Damián formara parte de mi condena. Me había olvidado de eso por completo hasta que Narcissa le trajo una poción: ron y hierba. Fruncí el entrecejo. Solo se la brindó a él, en cambio a los demás invitados nos tenía pasando hambre y sed.

Mientras esperábamos las hamburguesas que a los propios invitados nos tocó pagar, Damián fumaba y tomaba cerca de la ventana. Una corriente de aire gélido arrastraba hasta mis narices una estela sulfurada. Mis labios se apretaron en una mueca tensa. Solo deseaba devorar mi hamburguesa y regresar a casa, completamente a solas.

Entre tanto, jugamos a preguntas candentes. Supimos que Narcissa se frotaba el sudor del fundillo en los puntos de pulso como un perfume de feromonas. Mucha información, poco apetito. Un invitado confesó sentir palpitaciones anales por el otro pasivo, quien no pretendía corresponderle con un consolador de doble extremo. Y por si fuera poco, Damián salió del clóset como bicurioso.

¡Abracadabra! La pócima lo había hechizado. 

Cuando le preguntaron a Damián con quién le gustaría experimentar, Narcissa dio un brinco de emoción. Pero Damián la dejó viendo un chispero al elegirme a mí. ¿Por qué tenía que ser yo el laboratorio sexual de los heterosexuales? No lo sabía, pero no me cabía la menor duda de que Damián era otro instrumento del mal.

Entre las ganas de ceder al encanto de Damián y las ansias de fastidiar a Narcissa, la tentación terminó por atraparme. Llevé a Damián de la mano al sótano y, entre penumbras, nos rendimos a la pasión de un beso. Aunque aquella poción en sus labios no surtía en mí el mismo embrujo, ¿hasta qué punto estaba nublando su juicio?

Solo había una forma de averiguarlo. Al terminar la fiesta, Damián me pidió que durmiera con él en el cuarto de huéspedes de Narcissa. No quería incitar un trío con ella. Tampoco deseaba que la primera vez de Damián con un hombre ocurriera intoxicado. Sabía la culpa que arrastraría su resaca y lo vacío que me dejaría a mí.

La maldición me ofrecía exactamente lo que yo deseaba, pero esta vez decidí no aceptarlo. No quería que la poción decidiera por Damián ni que mi pasión decidiera por mí. Así que le dije: «Duerme, despierta sobrio y, si todavía quieres estar conmigo, ven a buscarme».

Al día siguiente, sacó una excusa barata y desapareció. Me sentí como si hubiese esquivado una bala. No rompí la maldición porque dejara de ser su víctima. La rompí porque, por primera vez, tuve la sensatez de desobedecerla.

Ryan Brü Ryan Brü
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